top of page

VALIENTE




Valiente. Muchas personas utilizaron a lo largo de los años ese término para definirme.


“Qué valiente eres”, me decía la gente ante nuevas decisiones, ante nuevos atrevimientos. Ante decisiones que se salían bastante del camino establecido, del mandato social, de las expectativas generalizadas.


“Que valiente, yo no podría viajar sola”, “Que valiente, yo no podría dejarlo todo”, “Que valiente, yo no…”.


Durante años, cada vez que escuchaba estas palabras, sentía como no resonaban conmigo, y como intentaba asomar desde dentro de mi ese síndrome de la impostora. Para mí, estaba dando una impresión al mundo de algo que definitivamente yo no era.


Yo, a la que se le encrespaban los pelos y echaba a correr cada vez que una preciosa mariposa se cruzaba en un paseo primaveral. Yo, hipocondriaca donde las haya, creyendo que cada nuevo síntoma en mi cuerpo me acercaba a una inminente muerte. Yo, a la que se le aceleraba el corazón a revoluciones extremas ante cada decisión importante. Yo, siempre con dudas, con dificultad para tomar decisiones firmes, con problemas de autoestima, incapacidad para ver pelis de miedo, sensible hasta el extremo…


Yo, que vivía entre oleadas de miedo, ansiedad y a veces, con una opresión en el pecho que no se iba durante días, semanas y a veces hasta meses. ¿Cómo podía alguien llamarme valiente? No me reconocía en esa palabra y más bien me consideraba miedica… Característica que para mí chocaba de lleno con cualquier cosa que se identificara con esa idea de valentía.


Hace unos días andaba entablando una profunda conversación conmigo misma, porque aún me resulta difícil callar mi mente hasta en los momentos de más calma. Pies descalzos, cinta roja atada alrededor de la cabeza, obligándome a tener solo pensamientos positivos y empujando a mi cuerpo ligeramente al límite, mientras en silencio, realizaba la ascensión al Mount Gulaga. De esa guisa andaba, intentando ser respetuosa con las tradiciones aborígenes, cuando de repente un olor potente a eucalipto inundó mis sentidos. Saqué la atención de mis pensamientos, del dolor que producían las piedrecitas pequeñas clavándose en las plantas de mis pies, y miré hacia arriba. Sí, un camino rodeado de un bosque de eucaliptos se alzaba ante mí…


Un escalofrío me recorrió y fui consciente, de una manera en la que no lo había sido antes, que estaba en la tierra de los eucaliptos, de los koalas y de los kanguros. Que sí, que ese sueño llamado Australia que tanto había perseguido, compartido y verbalizado era real. Y que estaba allí por méritos propios. Que todo lo que tenía en ese momento, emocional y materialmente, lo tenía porque había sido capaz de perseguirlo, crearlo y mantenerlo con mi esfuerzo, mi fluir, mi dedicación y mi amor.


Me di cuenta que estaba echa de resiliencia pura. Y por primera vez en toda una vida me reconocí VALIENTE, me sentí GRANDE, me sentí PODEROSA.


Ayer se cumplía un año y medio desde que empecé este viaje. Y hoy me apetece compartir en que estado salí de mi casa...


La vuelta al mundo que estoy dando ahora mismo la soñé muchísimo, fantaseé con ella, la imaginé de mil formas. Este viaje estaba planeado para 2020, pero todos sabemos lo que pasó entonces. Todo lo contrario a la libertad que anhelaba se instaló en mi vida. Yo que me consideraba un pájaro libre tuve que aprender a vivir en una jaula. Ese encierro despertó algo en mi que ahora abrazo pero de lo que en aquel momento solo quería huir. Empecé a sufrir ansiedad.


La ansiedad se manifiesta de diferentes formas en cada persona. Para mi se trata de algo muy físico. Básicamente siento que me ahogo, que el aire no me llega a los pulmones y que en consecuencia me estoy muriendo. Pasé meses teniendo esa sensación a diario. Durmiendo era el único momento del día en el que era capaz de deshacerme de tal sensación. En cuanto me despertaba al día siguiente el ahogo volvía a mí.


Me frustré mucho, pero también continué con mi vida. Cada día un nuevo reto, cada día una nueva oportunidad de demostrarme que podía.


Los cafés, la cocacola y el té tuvieron que ser eliminados de mi vida. El miedo a sufrir un ataque de pánico en cualquier lugar tenía que ser enfrentado cada día de mi existencia. Y así pasaron los días, las semanas, los meses y hasta los años, y lo que esperaba que fuese algo circunstancial no quiso salir de mi vida.


Las fronteras volvieron a abrir, y la posibilidad de hacer real esa vuelta al mundo que soñaba apareció de nuevo en mi vida. Y tiré para adelante. Empecé a pensar en un destino, ya que Australia, que era donde tenía pensado empezar no era ya una posibilidad en tiempos de pandemia. Así que miré a la parte del mundo en la que nunca había tenido especial interés, simplemente porque era la zona que los mapas mostraban en verde en cuanto a fronteras abiertas. Y así es como decidí ir a México.


Mujer sola viajando a México y con la intención de recorrer América Central. Todo el mundo se puede imaginar el tipo de comentarios que mi decisión despertó. El augurio más bienaventurado era el robo. Los que decían ser más certeros, violación o asesinato asegurados. Para mí, por supuesto, maravilloso escuchar tales predicciones en un estado de ansiedad constante.


Aún así, intenté no escuchar demasiado y seguí confiando en lo que ya había confirmado en otros viajes : nunca hacer caso de lo que la gente dice, especialmente la gente que nunca ha estado en ese lugar del que hablan con la boca llena.

Me metí en terapia, compré un billete de avión, comencé a anunciar la venta de todas mis pertenencias en diferentes webs, avisé en mi trabajo que renunciaba, y me dispuse, a pesar del miedo, a emprender la gran aventura de mi vida.


Cuando salí de casa un 8 de agosto de 2021, dejando a mi perrita al cuidado de mis padres y guardando 4 cajas con las pocas cosas que había decidido quedarme en un trastero, la mochila que cargaba a mi espalda no iba solo cargada de lo necesario, sino también de todas esas cosas, que metafóricamente pesan y que esperaba que el camino me ayudase a ir soltando.


Aquel día, cuando salí de casa tenía mucho miedo. Sobre todo miedo de salir a cumplir mi sueño y que ese sueño no fuese mío nunca más. Que ya no me gustase viajar, que quisiese volver a casa, y encontrarme perdida otra vez en un mundo de “ y ahora qué”. Mis padres me llevaron a la estación, y recuerdo que mi padre, como leyéndome la mente me dijo “no necesitas demostrarle nada a nadie. Si en algún momento no estas bien, si sientes que no te apetece continuar viajando, simplemente vuelve. Esta es tu casa y aquí siempre te esperamos con los brazos abiertos”.


Aquello me reconfortó. Era cierto, no tenía que demostrarle nada a nadie. Y si necesitaba volver, encontraría la forma de rehacerme y de encontrar un nuevo camino, como siempre hasta la fecha había hecho.


Emprendí el viaje con la ansiedad acompañándome, pero bastante más calmada, gracias a la terapia y al trabajo interior que iba haciendo. El Caribe, el calor del trópico, el agua salada, la naturaleza, los encuentros bonitos y la sensación de estar alineada con lo que quería fueron haciendo el resto. Me fui sintiendo mejor, y esa sensación de ahogo se fue espaciando mucho en el tiempo.


Los miedos, que eran muchos, seguían ahí, pero cada vez que uno nuevo surgía, en lugar de salir corriendo, lo miraba de frente y le decía: “voy a por ti”. Empecé a establecer una relación de amistad con ellos y los empecé a ver como oportunidades. Volví a incorporar el café en mi vida y a darle la bienvenida a mi ansiedad cuando aparecía.


“Hola, no me gusta la sensación que me provocas, pero sé que vienes a contarme algo, así que te doy espacio, te doy la bienvenida para que puedas contarme tu historia y te dejo la puerta abierta para que después encuentres la salida”.


Cada nuevo reto, una nueva oportunidad para darme cuenta que podía. Los finales, tan propios de los viajes, sin verlos nunca más como tal.


Nunca finales. Siempre FINCIPIOS.


Año y medio cambiando de lugares, cambiando de personas, enfrentando miles de situaciones nuevas, algunas maravillosas, otras desagradables, unas felices, otras realmente tristes… Empezando una y otra vez. Cayéndome mil veces. Levantándome mil y una. Enfrentando decisiones constantes, momentos de éxtasis, decepciones muy fuertes…


Antes de venir a Australia, mis planes se truncaron. Me partieron el corazón en pedacitos muy pequeñitos, y me caí en un pozo. Y sentí que necesitaba el abrazo de lo conocido. Así que volví a casa a sollozar en el regazo de la gente a la que amo. Y me levanté cada día caminando en una cuerda floja, haciendo esfuerzos muy grandes para no dejarme caer al vacío. Y lo que creía que con el calor del hogar se pasaría en dos semanas, no conseguí que se me pasara en dos meses. Pero mi visado australiano caducaba, así que era momento de partir de nuevo. Y en ese estado de desazón volví a salir de casa, de rumbo de nuevo a lo desconocido… De rumbo de nuevo a caminar en dirección a mis sueños.


Y de nuevo, llegué a un país desconocido, y me desenvolví por sus calles, elegí un lugar, empecé a crear hogar, a amar a nuevas personas, a aprender nuevos trabajos, a enamorarme de nuevos lugares… Y reverdecí de nuevo, en este ciclo constante de la vida, en el que aunque hayan penas, siempre hay alegrías.


Y después de contar todo esto, que parece un mar de penas, he de decir que me considero una persona feliz. Que no hay ansiedad o miedo que me aparten de seguir riendo, de seguir probando y lanzándome a vivir la vida al máximo. De plantar semillitas para que florezca todo aquello que deseo en mi vida.


Y siento que mi vida es maravillosa. Que tengo poco, pero que no necesito más, y que pese a las tormentas internas, que como en el planeta, siempre van a aparecer de forma cíclica, yo sigo confiando en que pasarán. No son mi fenómeno meteorológico favorito, y sigo esperando a los días de sol, pero con el tiempo he aprendido a disfrutarlas envuelta en una manta y con incienso y velas alrededor.


El otro día, cuando ese baño de eucalipto me llovió sobre el alma y todo el camino recorrido se hizo presente dentro de mi pensé en cómo podía ser que con las memorias que acumulaban mis pies, y con la de veces que me esforcé por seguir dando pasos hacia adelante y caminando, pese a cualquier contratiempo, hacia la vida que quería; no hubiese sido hasta ese momento que había sido capaz de reconocer la cualidad de la valentía dentro de mi.


A veces otros ven nuestra luz antes de que nosotros mismos seamos capaces de hacerlo. Y a mi a veces, me cuesta ver la mia.


Respeto profundo hacia los procesos que cada uno vive. Respeto profundo hacia los tiempos que cada persona necesita para verse, reconocerse y amarse.


Interna ahora mismo en el camino hacia el amor propio y sintiendo que subí un gran escalón al poder sentir orgullo de mi misma y de mi gran valentía.


¡SÍ, HOY PUEDO GRITAR A PLENO PULMÓN QUE SOY UNA MUJER TREMENDAMENTE VALIENTE!

Comments


bottom of page