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Un año de viaje



Hoy es mi cumpleaños viajero. Un año. Con sus días, sus horas, minutos y segundos. Con sus momentos de euforia, de esperanza, de alegría, los de gozo… Y también con aquellos de tristeza, de llanto, de miedo, de anhelo, de desesperación… 12 meses que han sido para mi un curso intensivo en la universidad de la vida. En el que me he tenido que arrancar la piel, las máscaras, lo prejuicios, las historias autocontadas… Quedándome al desnudo. Vulnerable ante la vida y ante las inclemencias del tiempo. ¿Pero como se cura un corazón si no es cuando no tiene coraza?


Este viaje me enseñó a amarme más, a amarme mejor… A honrarme como si de una divinidad se tratase. A saber decir a mi misma y a los demás que es lo que quiero. Me paró los pies en el suelo mientras andaba en movimiento y me enseñó, que correr no era la manera. Me enfrentó con crudeza a mis miedos y a mis traumas, y me abofeteó para poder traerme de vuelta con amor y con apoyo.


Aprendí a aceptar, a agradecer por todo, y a creer, si se podía más que alguien me cuida, me guía y me echa una mano desde algún lado. Que todo está en mi. Y que mi felicidad no está en ningún lugar externo ni en ninguna persona que no sea yo misma.


Aún así, encontré el amor en muchos lugares y personas, que me hincharon el corazón, que me hicieron sentirme en familia, que se convirtieron en parte de mi.


También encontré otro amor con mucha ayuda del destino. A la persona que sabía que me esperaba en algún lugar del mundo. Y tras muchos años no quise salir corriendo. Mi niña herida quiso quedarse a que alguien le trajese tiritas e hilo de coser. Y picó, y dolió. Pero como dicen en mi tierra “el que cou cura”. Así que sané, y abrí los brazos y el pecho para amar sin contenciones y para que si nuevas heridas vienen sean en este corazón de adulta. Este que se va reformando en ese curso intensivo al que llamamos vida.


La tierra de 8 países pisé durante este año. De un lugar del mundo por el que no me sentí atraída a lo largo de mi vida. Al que me trajeron las circunstancias, un sueño que me daba igual dónde empezar y una intuición.


Norte América y Centro América nunca estuvieron muy arriba en mi lista de destinos. Ahora esta parte del mundo es casa para mi. No es Asia, que te de una hostia de novedad y realidad impactante a cada esquina que giras. Somos culturas hermanas, por lo que ese impacto no existe. Pero aquí encontré una lengua común que me abrió muchas puertas, una tradición espiritual, una cultura arraigada, la antigüedad conviviendo en la era moderna, la medicina siendo ofrecida al mundo.


Encontré paisajes increíbles, que me dejaron boquiabierta, encontré personas viviendo sus costumbre, encontré personas que reafirmaron mi fe en la humanidad. Encontré a otras que me hicieron perderla. Y luego tuve la suerte de encontrar a alguien que cuando el mundo me pesa mucho me agarra la cara y me dice convencido que nunca deje de dudar de la humanidad. Porque el día que deje de hacerlo, entonces si que estaremos perdidos.


Algunos dicen, y yo lo secundo, que en este viaje, fui muy lenta. Pero es que, por una vez en mi vida, no necesitaba correr para nada. Por una vez en mis viajes, pude vivir en los sitios y no solo viajar. Y así aprendí también, que así es como me gusta. Porque soy una apegada, y viajando rápido me canso, y no genero vínculos estrechos, y si por suerte o por desgracia los genero tengo que decir adiós todo el rato. Así que ya hace rato que me saqué la presión de tener que tachar destinos y nombres.


Recorrí los lugares turísticos de México y los disfruté como una enana. Visité lugares menos turísticos y me quede encandilada. Hice amigas por el camino a las que pude visitar. Tuve autostops épicos. La policía me extorsionó. 


Fui a EEUU y viví lo que la palabra hospitalidad significaba. Viví en una granja en un pueblo remoto de California y bajo cielos estrellados que no había visto en años. Me compré una van. Viajé a Hawaii de improvisto. Abrí caminos en la jungla. Construí un huerto. Viví acción de gracias. Paseé cabras y dormí en la calle. Compré un ukelele. Conduje entre ríos de lava.


Volé a Belize sin más motivo que un vuelo barato. Viví en otra granja con una familia bonita. Las hormigas de fuego y todos los bichos de la jungla se cebaron con mi sangre nueva. Ayudé a alguien a mejorar su vida. Pasé la navidad en la playa en un clima tropical. Cené pizza por noche buena. Baile hasta abajo. Hice autostop y me invitaron a una isla privada. Pasé noche vieja con una familia recién formada. Viví experiencias que nunca olvidaré en la isla de Caye Caulker. Encontré el amor. Viví en una mansión en un cayo de Belize. Cogí el Covid y me lo curé con lemongrass, películas de Disney y pescado fresco.


Volví a México. Fuí de esto lo controlo y me rompí en pedazos. Me desperté muy temprano muchos días para meditar y hacer yoga. Odie meditar. Amé meditar. Trabajé en mis habitos. Dejé de beber alcohol por dos meses. Atendí con mucho cariño la recepción de un hostal. Formé una familia lejos de casa. Hice hipnoterapia. Viví muchas ceremonias de cacao. Lloré dos mares. Compré ropa de invierno. Estudie tarot en casa de una mexicana. Las panaderías se convirtieron en un vicio. Los días en el mercado mi pasatiempo favorito. Recité mis poesías delante de un micro y ante mucha gente sin poder dar un trago a una cerveza. Viví en comunidad. Descubrí el mango piña y las palomitas con curry y cacao. Hice temazacales. Hice viajes chamánicos. Formé otra familia. Dije adiós a mi casa y a mi nueva familia.


Crucé a Guatemala. Me enamoré de su lago. Viví un cumpleaños sola. Paseé por la Semana Santa de Antigua. Coroné la cima de un volcán. Vi por primera vez erupciones en mi cara.


Crucé al Salvador por pura casualidad. Encontré una compañera de viaje. Amé la gente del Salvador. También su fiesta. También sus gemas escondidas. Hice otra pequeña familia. Acampé en un volcán. Me olvidé mi ukelele.


Pasé a Nicaragua en barco, por la frontera más rara que he cruzado. Descubrí el gallo pinto y no quise dejar de comerlo. Cambié de planes mil veces. El destino me trajo nuevos compañeros de viaje. Me fui de rave. Hice un camino muy largo para llegar a unas islas caribeñas en las que llovió por días. Me encontré con amigos hechos durante el viaje. Me encontré con alguien a quien esperé toda una vida. Me robaron. Tengo una buena historia que contar con la policía y con la confianza en el ser humano. Escalé otro volcán. Me di un lujo en un hotel.


Volví a casa de visita. Lloré mucho. Amé cada segundo. Viaje con mis padres a Costa Rica. Me empapé hasta las bragas multiplicado por dos. Vi animales que no conocía. Amé a mis padres más si cabe.


Crucé a Panamá. Viví los bloqueos del país. Perdí un montón de dinero. Decidí quedarme unos días más en las islas de Bocas del Toro. Encontré un voluntariado. Hice una nueva familia. Vivo en un paraíso de postal.


Y el viaje continúa.

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