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Sentir tinerfeño

Tras una semana recorriendo la isla de Tenerife no puedo afirmar que me haya encantado…

La mezcla de sus playas atlánticas en las que es poco cómodo el baño, el intenso aire que hace que los granos de arena produzcan dolor al chocar sobre la piel y las moles de cemento construidas para el disfrute del turismo sin importar la degradación del ecosistema, han hecho que mi balanza se fuese decantando hacia “no es un lugar al que me gustaría volver”. También hay cosas que sí han merecido la pena, como el Parque Natural de Anaga y la zona de Masca.


Sin embargo, la balanza se inclinó radicalmente hacia el otro lado el día que visité El Teide. Esa mole había estado presente durante todo el viaje, pues es prácticamente visible desde cualquier lugar de la isla, siempre y cuando las nubes lo permitan, ya que la mayoría de ellas chocan contra el volcán y las montañas y se quedan allí, creando un segundo mar y adornando un paisaje imposible. Para subir al Teide hay que ascender por una carretera empinada y serpenteante desde la que se pueden ver paisajes lunares y mantos de roca volcánica escupidas con fuerza. Subí para pasear por los Roques de García, ya que el teleférico estaba cerrado, los permisos para realizar la ascensión cancelados, y mis ganas de ascender 3718 metros bajo un sol ardiente desaparecidas.


El paisaje era imponente. Los Roques, las rocas, el volcán, la vegetación, los cañones, las montañas, las llanuras… Una orografía enrevesada que sin duda merecía una visita. Un lugar donde perderse y también donde quedarse. Pues de allí emanaba una energía nada fácil de describir… Femenina, envolvente, calmada…


El Teide te regala, además, la posibilidad de dejarte llevar por la emoción de ver un atardecer sobre las nubes, donde los colores se tornan embriagadores mientras los rojos y naranjas van dejando paso a un oscuro cielo estrellado.


Porque otra de las espectacularidades del Teide radica en el visionado de estrellas en un cielo con muy poca contaminación lumínica, desde donde se puede observar claramente el bello núcleo de la Vía Láctea. El día que subí tuve además la fortuna de poder ver el cometa Neowise, cuyo desgraciado paso por el Sistema Solar, donde los vientos solares lo estaban desintegrando, se convirtió en nuestro privilegio, por poder ver un fenómeno tan atípico donde dejaba ver con claridad sus colas de polvo e Iones.

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