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Se me están hinchando los ovarios y están a punto de reventar



Me bastaron 10 minutos de paseo por las calles de León (Nicaragua) esta mañana para empezar a sentir dentro de mi cómo una gota acababa de colmar un vaso que se había tardado mucho en llenar. Casi 9 meses llevo de viaje, viviendo experiencias preciosas, pero también soportando la grosería de muchos hombres. Hoy, parece ser que todos los besos lanzados al aire mientras camino, los toques de claxon, los comentarios groseros y las miradas obscenas tocaron techo.


Primero me descubrí queriendo vomitarle encima al señor que me dijo “buenos días bonita” y me miró con lascivia de arriba abajo. Al autobusero que me pitó y me grito algo que no entendí, me dieron ganas de pararlo, subirme al autobús y escupirle en la cara. A los dos que vi plantados en la acera, y sabía que se le avecinaba el comentario los intenté quemar con la mirada, aún sabiendo que el fuego no era real.


Y toda la rabia que fui guardando durante estos meses de faltas de respeto, de hombres creyéndose con derecho a opinar sobre mi cuerpo, a mirarme o a lanzar su mierda de masculinidad sobre mí, explotó.


Y necesitaba sentarme a escribir, porque la rabia es una emoción que pocas veces acojo, pero ahora siento claramente como se ha apoderado de mi cual tormenta, con sus rayos y sus truenos, y si vuelvo a salir a la calle sin haberla vaciado probablemente acabe enfrentándome a esta puta sociedad patriarcal a grito pelado y haciendo cualquier tontería. Y las consecuencias de esa tontería es lo que llevo intentando evitar desde que empecé a callarme y añadir gotitas a mis ovarios, que hoy se colmaron y decidieron explotar.


Porque en España, decidí hace años que no paso ni una. Los primeros años en los que decidí reaccionar a los comentarios u ofensas callejeras lo hacía con toda mi mala sangre e intentando hacer sentir muy mal a la persona a la que me dirigía. Claramente, recibí respuestas de todos los colores. Desde cabezas agachadas por vergüenza hasta enfrentamientos directos bastante feos. Los últimos años, mi estilo era algo más elegante, y pese a reaccionar ante el abuso, intentaba llevarlo más hacia una parte dialogante. Ahora soy consciente que pese a que debemos tener el derecho a reaccionar en todo el mundo, el sentirme capaz de hacerlo en España fue gracias a una sociedad que estaba en lucha, y que daba pasos colectivamente para que esas conductas, poco a poco se fuesen extinguiendo.


Sin embargo aquí, enfrentarme me da miedo. Porque nunca se sabe como puede reaccionar alguien en una sociedad donde el machismo está tremendamente arraigado. Realmente, no conozco la cultura, y pese que mi percepción de los países de Centroamérica es la de países seguros, enfrentarme a hombres en las calles de la Latinoamérica patriarcal no es lo que más ilusión me hace.


Creo que mi mente hizo cortocircuito hoy cuando mientras caminaba empapada en sudor derritiéndome a 300º Celsius, me planteé, por primera vez durante el viaje, y tras el cansancio de tantos meses de lascivia callejera, si debería usar pantalón largo. Si quizás, debería comenzar a usar sujetador de nuevo. Intentando descubrir cuales de mis maneras “indecorosas” eran las que provocaban que esos hombres repugnantes se creyesen con el derecho de hablar y lanzar su veredicto, su piropo o su testosterona hacia mí.


El darme cuenta de que me había planteado esa idea, ha hecho estallar mi rabia. Porque estoy en un lugar en el que mi cuerpo expulsa toda el agua que ingiere a una velocidad increíble. El calor es insoportable y no me puedo imaginar intentando meterme en unos vaqueros largos o unos leggins. Se me hinchan las narices al pensar que poner un trozo más de piel al descubierto pueda servir de puerta abierta para alguien. Se me llevan los demonios si pienso en tener que ponerme uno de esos sujetadores que abandoné hace tantos años. Porque como dice Noelia Morgana, no uso sujetador porque no me da la gana. Porque me duele, porque me aprieta, y porque (esto es de mi cosecha), no tengo nada que sujetar. Y entonces, no entiendo, cómo un pezón que quizás se pueda percibir bajo la ropa pueda desatar esos ríos de testosterona en crudo, que por alguna razón los hombres de esta sociedad no aprendieron a controlar.


Me da mucho asco, me repugna y me enfada, el tener que soportar la mierda de muchos hombres poco educados. Y me da mucha pena, haber estado diciéndome a mi misma que no pasaba nada, que todo estaba bien. Porque si que pasa. Pasa y mucho. Porque lo que yo, y muchas otras mujeres tenemos que soportar no he visto aún que lo tenga que soportar ningún hombre.


Si alguien tiene una sugerencia, o una solución para que mis ovarios se vacíen y vuelvan a acoger gotas desde cero, que me la cuente. Porque hoy es una de esos días en los que me dan ganas de bajarme del mundo. Pero se que esa no es la solución. Y que debe haber una manera en la que entre todas y todos podamos hacer que un día caminemos libres y tranquilas por la calle. Sin que importe qué vestimos. Y sin que el hecho de haber nacido mujeres nos ponga una diana en el pecho.


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