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Los peligros del autostop: Acabar viviendo en una isla privada en medio del mar Caribe

Actualizado: 17 ene 2022



Mi madre siempre se enfada conmigo cuando se entera de que he hecho autostop. Por algún motivo manejamos el concepto de que levantar el dedo en una carretera y subir al coche de cualquier extraño es un acto peligroso. Es cierto que puede pasar cualquier cosa…

¿Pero por qué entre esa infinidad de escenarios posibles decidimos imaginar que solo van a ocurrir los peores?


¿Mucho cine? ¿Toda una infancia escuchando el clásico “no te vayas con extraños”? ¿Demasiado miedo? Sea cual sea el motivo, esa condena social al autostop existe. Y aunque cada vez son más y más los viajeros que hablan de las virtudes de esta forma de moverse, nuestras madres no acaban de estar tranquilas con ello. Así que si tu madre es como la mía y se enfada contigo por querer viajar en coches de extraños, cuéntale que en el mundo la mayoría de gente es buena, y luego, enséñale este post.


La primera vez que hice autostop viajando fue por necesidad. En el 2017 estaba en Cambodia haciendo voluntariado en una zona rural. El pueblo de Bakong no estaba demasiado lejos de la ciudad. Unos 30 minutos en coche separaban a esa aldea de la ciudad de Siem Reap, pero en aquel lugar apartado de la civilización no había transporte público, ni tampoco taxis que te pudiesen acercar a la ciudad. Así que lo que hacíamos era salir a la carretera y levantar el dedo. Durante esas semanas, le perdí el miedo a aquel gesto. La gente que nos recogía era siempre muy amigable, e incluso nos daban comida y nos llevaban hasta la misma puerta del lugar de destino.


Tras esa experiencia, seguí haciendo autostop en diferentes partes del mundo. A veces por necesidad, otras veces por vivir la experiencia. A parte de con la policía mexicana, nunca tuve ningún problema. He viajado con familias, camioneros, grupos de amigas, conductores de uber, comunidades mayas, ancianos, reverendos cristianos y una infinidad más de perfiles. Y hasta el día de hoy puedo decir que la experiencia ha sido siempre buena y enriquecedora.


Aún así, y pese a las experiencias vividas, ese imaginario colectivo de que el autostop es peligroso está también grabado en mi inconsciente. Así que aunque lo había hecho muchas veces en compañía, hacerlo sola no me parecía una opción. Pero hay veces que la vida no te deja opciones. Tras pasar las navidades en el pueblo de Hopkins me disponía a pasar el año nuevo en una famosa isla cerca de la ciudad de Belize. Para llegar hasta allí necesitaba hacer un pequeño trayecto en autostop para llegar a la carretera principal donde poder coger el autobús que me llevaría a la ciudad.


Mi mochila había ganado peso, ya que había empezado a guardar en ella todas esas cosas que se van añadiendo al equipaje cuando viajas por tierra: botes de champú y jabones de tamaño familiar, mantequilla de cacahuete, copos de avena, arroz…


Cuando salgo del hostel cargada con todas mis pertenencias me gusta mirarme al espejo. Mirar mi aspecto con la casa a cuestas me hace sonreir. Una gran mochila a la espalda, de la que cuelgan zapatillas, ropa mojada y alguna bolsa con comida. Otra pequeña mochila delante donde se guardan todas las pertenencias preciadas y por supuesto, una dichosa chaqueta colgando del brazo. Casi nunca se usa, pero es obligación de mochilera cargar con ella por si acaso.


De aquella guisa salí del hostel la mañana del 26 de diciembre, dirección a la salida del pueblo. En mi cabeza, la idea de que tras Caye Caulker quería quedarme unos días en un cayo pequeñito, de esos con playita y arrecife a la puerta de tu cabaña. Los precios se salían bastante de mi presupuesto habitual, pero ¿cuándo iba a volver a Belize?


Tras caminar un poco elegí un buen sitio para colocarme y levantar el dedo. El calor era sofocante y el lugar que había elegido no contaba con una pizca de sombra, pero me daba visibilidad y espacio para que los coches pudiesen parar. Deje mis bártulos en el suelo y los abracé con mi pierna para que no volcasen. Levanté el pulgar. 5 segundos, un coche pasó de largo. 15 segundos más. Un coche grande, con cristales tintados paró a mi lado. Cargué mis cosas y me acerqué a la ventanilla.


Ese momento en el que te acercas al coche queda suspendido siempre en una línea entre la alegría y la incertidumbre. Hasta que no te asomas a la ventanilla, no sabes bien quién hay dentro. Y haciendo dedo sola, no quieres que haya varios hombres, y a veces tampoco solo uno. Aquel día, yo no andaba demasiado preocupada, porque me disponía a hacer solo un pequeño trayecto, pero lo que vi cuando me asomé a la ventanilla me hizo sentir muy tranquila. Una pareja, dos niñas, un chico y un cachorro de chiuaua.


Me subí al coche y les dije que solo necesitaba ir hasta la intersección de la autovía, pero entonces me preguntaron donde iba en realidad.

- A Belize City, para coger el ferry a Caye Caulker – Respondí

- Nosotros vamos también al ferry, tenemos que dejar a una de las niñas allí con su madre. Te podemos llevar – Me dijeron para mi sorpresa.


Por supuesto, acepté la oferta. Así que me quedaban 3 horas en un espacio reducido con aquella bonita familia. Y en aquel momento, empezó el intercambio, y la oportunidad de convertir en amigos a aquellos que eran extraños hace unos minutos. Durante esas horas compartimos historias, preguntas, anhelos. Bebimos cerveza, brindamos, comimos… De algún modo, conectamos.


Me pareció precioso que dejasen vivir a sus hijas esa experiencia también. Conocer a extraños, a extranjeros, darles la oportunidad de hacer preguntas, de curiosear, de enseñarles que la vida es también ese intercambio… Que echar un cable a alguien que lo necesita trae cosas bonitas, y que no siempre hay que tener miedo de aquello que desconoces.


En el trayecto les pregunté si conocían algún cayo donde pudiese acampar, ya que los precios de los lugares que había estado mirando eran muy caros.


- La verdad es que hay algunos, pero son carísimos también. ¿Por qué no vienes al cayo donde vivimos nosotros? Estamos solos en la isla, así que puedes vivir la misma experiencia, pero gratis. – Dijeron para mi sorpresa.


Ya había escuchado antes que vivían en un cayo privado, pero creí que no estaba entendiendo bien, por eso de que a veces, hay malentendidos con el idioma y los acentos. Cuando me enseñaron videos de su casa y de su isla comencé a comprender que vivían en el paraíso.


Tras preguntarles 10 veces si estaban seguros de la invitación, si no era molestia, me confirmaron que estarían encantados de recibirme como invitada. Así que quedamos que iría de visita después de año nuevo.


Aquel día, no podía creerme mi suerte. Estaba asombrada por como algo en lo que había focalizado por la mañana había venido a mi de una forma tan rápida y extraña. Mi primera vez haciendo autostop sola había sido sin duda un tremendo éxito.


Tras nochevieja contacté con ellos para ver como podíamos quedar y me dijeron que desafortunadamente algunos huéspedes estaban volviendo, así que no podían alojarme. No me sorprendí, y simplemente me dije a mi misma que aquello era demasiado bueno para ser verdad. Así que seguí con mi vida y con mi viaje.


Una tarde, cuando estaba a punto de reservar un autobús para cruzar la frontera de Guatemala al día siguiente, Frank, el hombre de la isla me contactó. Ya no tenían huéspedes y me invitaban a ir a pasar mis últimos días en Belize. Mi visa expiraba en unos días, pero como decir que no a tal oferta.


Extendió la invitación a mis amigas. Así que hicimos las mochilas y madrugamos para coger el primer autobús. Dos autobuses, dos carreras en autostop y 4 horas de viaje nos llevaron a la marina de Hopkins. Cuando llegamos a la marina, aquel lugar estaba desierto, y esa duda puntiaguda que se instala en ti cuando algo demasiado bueno te está pasando, me gritaba al oído: “era demasiado bueno para ser verdad”. Pero de repente él y su barco aparecieron y tras una hora, nuestras mochilas con zapatillas colgando y ropa mojada descansaban sobre el suelo de la mansión más bonita que he visto en mi vida.


Me costó al menos 15 minutos procesar que aquello era verdad. Estábamos como huéspedes en una isla privada en medio del mar Caribe.


La casa es de madera y suelos encerados, techos altos de los que cuelgan ventiladores gigantes, ventanales inmensos con vistas al mar… Nuestro jardín es un arrecife de coral. El más bonito que he visto en mi vida de hecho. A un lado de la isla hay una laguna marina, donde se concentra el plancton bioluminescente y donde te puedes lanzar a nadar desde el muelle. Al otro lado, pequeñas playitas desde las que solo hay que andar dos metros para comenzar a ver el coral.


Mi habitación es digna de cualquier reina. En mi cama caben al menos 4 personas. Dos de las paredes son de cristal, por lo que por la noche me rodean las estrellas y al despertar los colores del amanecer en las nubes y los del mar caribe en las olas. Aquí los días pasan tranquilos, entre charlas, desayunos copiosos, baños al sol… Las noches empiezan pronto. A las 6 ya está oscuro. Pero es un gran momento para juntarse, cocinar, beber vino, compartir…


Desde el día que llegué supe que no iba a ser una estancia de tres días. Si el destino me había traído a esta isla y me había invitado a vivir en un pequeño paraíso, debía recogerle el guante. Así que aquí me quedo un rato más, en mi isla de cuento, esperando a la siguiente aventura.


Tras una mala experiencia ayer en migraciones, en la que me trataron peor que nunca en un organismo oficial… Ahora mismo estoy ilegalmente en el país. Pero esa es otra historia que espero algún día poder contar como anécdota.


Pese a todo, sigo pudiendo gritar desde mi pequeña isla que no hay nada más bonito que dejarse arrollar por la vida. Así que si tienes la oportunidad y te sientes cómoda con ello, sal a la carretera y levanta el dedo. Pero ten cuidado, no vaya a ser que te vayas a quedar a vivir en una pequeña isla en medio del mar Caribe.

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