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Lo que India consiguió

India consiguió lo que no habían conseguido en mí un puñado de profesores de primaria, de secundaria y de universidad. India consiguió que al volver tuviese muchas ganas de aprender inglés.

Viajé allí con mi inglés de haber suspendido en selectivo y de haber sacado un cinco raspado en la universidad. No es que el inglés me hiciese mucha falta en la cotidianeidad del país, porque yo no lo hablaba bien, pero sus ciudadanos lo hacían peor, así que con algunas señas y las ganas de hacerse entender era normalmente suficiente. Sin embargo lo eché mucho de menos en su extraordinariedad… La primera noche en Auroville, me quedé sola, cenando con todos los ocupantes del alojamiento, de nacionalidades diversas, mientras mi amiga de inglés bilingüe y rompedora de barreras de comunicación, se hacía un masaje. En aquel sitio se comía lo que había y se hacía todos juntos, en una regla no escrita imposible de desafiar. Así que allí estaba yo, entendiendo lo que buenamente podía y rezando por que nadie me preguntara nada, a la vez que por mi estómago. Creo que poca gente va a un país como India por primera vez sin pasar por sanidad exterior primero. Allí habían dejado las directrices muy claras: nada de agua no embotellada, nada de salsas, ni de vegetales frescos, ya que pueden haber sido lavados en agua contaminada. Yo inglés no sabía, pero kamikaze siempre he sido un poco, y en aquel momento, en el que no quería llamar ni un poquito la atención, bebía el agua de una jarra, comía ensalada y mojaba el pescado en mayonesa.


A India fui principalmente para hacer un voluntariado en un orfanato, algo que siempre había querido hacer. Aún así no sabía muy bien a lo que iba. Suponía que a ayudar en lo que fuese ¿no?, que en un país como ese, pensaba, siempre hacía falta una mano. Pues allí que nos plantamos en el orfanato, donde tras ser recibidas como personas importantes nos hicieron un petición lógica. “Bueno, ahora presentaros a todos y explicarles para qué habéis venido”. OH MY GOD. Estaba tan nervioso que tras soltar mi pequeño discurso mi mente se quedó en blanco y nunca me acordé ni creo que me acordaré de lo que salió por mi boca en aquel momento. Además, tras ello, nos asignaron clases del orfanato para dar clases de inglés. OH MY GOD multiplicado por dos. Mi mano era sin duda prescindible en un lugar como aquel. Aún así me tragué mi miedo, mis inseguridades y mi certeza de mediocridad y puse lo mejor de mi. Me demostré varias cosas: que nadie podía dudar de que fuese echá pa lante, que echándole ganas casi todo se puede y que mi madre tenía razón cuando me decía que si no estudiaba cuando tocaba algún día me iba a arrepentir.


Pero dónde realmente me hirió no poder seguir una conversación fue en la comunicación con las moradoras de la casa en la que nos alojábamos. Dos indias jóvenes, independientes y atípicas que todas las tardes y las noches con pitillo y cerveza en mano nos hablaban de lo humano y lo divino, lanzando por su boca sin parar cápsulas de lecciones de vida imperdibles. Sentadas en su proyecto de terraza selvática, mientras Olgui les seguía en su perfecto inglés y me traducía a ratos, yo intentaba aprender la palabra ashtray (una semana me costó) y cuando intentaba aportar algo a la conversación formando las frases en mi mente, ellas ya iban dos temas por delante. En aquella terraza me convencí de que la próxima vez que me encontrase con una Meera y una Reshma sería capaz de entender con mis propios oídos, de intentar hablar cuando fuesen solo un tema por delante y de saber decir de una puta vez ASHTRAY.

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