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La prisa mata

(Parte IV)

Tras la llegada a Paje, el cuerpo ya estaba hecho al ritmo del lugar. No había demasiado en lo que pensar. Nos paseábamos entre las casitas de bambú y las palmeras, nos tumbábamos a cualquier momento del día en diferentes rincones donde corría la brisa a dormir la siesta, nos bañábamos en el mar, comíamos cocos y plátanos...En aquel rincón de Zanzibar las horas perdían al reloj, y en realidad nada importaba. Solo importaba estar, respirar, y sonreír.


El mismo día de nuestra llegada conocimos a varios locales que hacían kitesurf en la playa y se convirtieron en nuestro amigos para los días restantes. Nos llevaron a los lugares donde solían ir, fuimos juntos de fiesta, surfeamos en el kite agarradas a sus espaldas, aprendimos swahili y cantamos borrachos de noche en la playa mientras corríamos bajo la luna sintiendo que el mundo no podía ser más perfecto.


Smile, uno de ellos, nos salvó una mañana en nuestro paseo matutino. Como ya comenté, cogimos como costumbre salir a pasear mar a dentro cuando la marea estaba baja. Era un auténtico espectáculo y dejaba ver diferentes especies y sobre todo estrellas de mar. Cada vez nos atrevíamos a llegar más lejos. Nos tranquilizaba ver en el arrecife a pescadores recolectando moluscos, ya que si ellos estaban allí significaba que todo estaba bien y que no había peligro. Un día, nos emocionamos tanto con la caminata que llegamos casi al arrecife. Estábamos entretenidas entre estrellas y vistas increíbles cuando nos dimos cuenta de que ya no había pescadores. El agua comenzaba a subir rápido, por lo que decidimos volver. Pero estábamos muy lejos y nos quedaba al menos media hora hasta poder llegar a la costa. Al principio pensamos que nos daría tiempo a llegar, pues la marea no podía ser más rápida que nosotras. Sin embargo, cuando estábamos aún a medio camino el agua comenzó a llegarnos por encima de la cintura y tuvimos que empezar a caminar con los móviles sobre la cabeza. La corriente se hacia cada vez más y mas fuerte y en lugar de ayudarnos a llegar a nuestro destino parecía querer tragarnos y hacernos por siempre habitantes de sus aguas. Entonces Smile, que estaba impartiendo una clase de kyte nos vio y se acercó a auxiliarnos.


"No caminéis hacia la costa. Así nunca llegaréis. Tenéis que caminar en diagonal. ¡Venga, rápido!"


Seguimos su consejo, y la película cambió de color. Aún así, llegamos a la orilla con el agua al cuello, agotadas, y con el susto metido en el cuerpo. Tras el episodio del barco y el de aquella mañana estaba aprendiendo a tener verdadero respeto por las mareas y sus corrientes y empezaba a valorar más mi amado mar Mediterráneo.


Uno de los días, contratamos una excursión para ir a nadar con delfines en libertad. Por lo visto había que ir a una bahía al amanecer (la bahía de Kizimkazi) donde se concentraban muchísimos delfines y se podía saltar al mar a nadar con ellos. Habíamos buscado opiniones temiendo que pudiese ser una especie de circo y que hubiese maltrato animal, pero lo que decía la gente en internet nos animó a ir. Quedamos en la playa a las 5 y media de la mañana, pero no perdonamos la fiesta de la noche anterior. A las 5.35 me caí de la cama, y a las 5.40 llegamos corriendo a la playa. Ya no había nadie. Nos quedamos perplejas, pues no esperábamos que realmente fuesen puntuales. Ellos que nunca llegaban a tiempo de nada, que vivían en el "pole pole" y predicaban "prisa mata". Pues aquella mañana se volvieron alemanes así que nos quedamos con un palmo de narices viendo el amanecer y habiendo perdido una considerable suma de dinero. Volvimos a la cama, y el desayuno de frutas y crepes nos dio fuerzas para salir a reclamar al menos una parte de nuestro dinero. Tras discutir un rato y sacar nuestro carácter español conseguimos una parte y nos fuimos a contratar la excursión de nuevo.


A la mañana siguiente, tras haber aprendido la lección, llegamos a la bahía con los primeros rayos del sol. Nos subimos en una pequeña barca y empezamos a navegar mar adentro. No tardamos demasiado en ver a un puñado de barcas paradas entre las que había delfines. Había algunas personas en el agua y los delfines se mantenían allí entre ellos, hasta que decidían marcharse. Entonces las barcas emprendían la búsqueda de nuevo y en cuanto los veían paraban y gritaban "jump". Entre tanta emoción y sin saber muy bien que hacer, nos tiramos al agua. Y allí estaban aquellos animales majestuosos. Se movían rápido y nos pasaban por los lados, venían nadando de frente, tan decididos que hasta debías apartarte para no chocar. Unas partículas azules de brillo metalizado le conferían a ese universo bajo el agua un aire completamente mágico. Fue una experiencia inolvidable, pero me hizo plantearme algunos dilemas. Obviamente, aquello era, de lejos, mejor que ver delfines en cautividad (para aquellos a los que aún les parezca moral les recomiendo el documental "The cove"), pero sin embargo no podía borrar la sensación de estar invadiendo un espacio que no era mío. Los delfines podían escapar de los humanos en cualquier momento, eran mucho más rápidos y podían sumergirse a grandes profundidades en las que para nosotros eran imposibles de divisar... Aún así me quedé con la duda de si les gustaría que estuviésemos ahí o habíamos ido a joderles su paseo mañanero.


Otro día nos aventuramos hacia el parque natural Jozani, donde habitaban los colobos rojos, unos monos en peligro de extinción que eran endémicos de la isla. Moría por verlos, ya que los monos me obsesionan desde niña. De hecho, cuando era pequeña, quería tener un mono, y lo pedía siempre para navidad. Pues por aquel entonces aún vivía con la convicción aprendida de que los animales podían ser de nuestra propiedad. A Jozani fuimos sin pensar en otra opción que no fuese el dalla dalla, pues le habíamos cogido verdadera afición. Disfrutábamos de la aventura que suponía, del sabor a autenticidad, de esperarlo sentadas en cajas a los bordes de la carretera y de compartir las calles mientras íbamos en su búsqueda con vacas y pollos. Así llegamos a Jozani, donde recorrimos el bosque viendo muchísimos monos, que sin duda estaban acostumbrado al humano y no mostraban ningún miedo. También fuimos a visitar un "centro de conservación" que no lo era en absoluto, donde habitaban distintas especies, muchas de ellas en jaulas. Fue allí donde comenzó mi reconciliación con las serpientes, que a día de hoy todavía no ha terminado. Siempre he sentido hacia ellas una mezcla entre miedo y asco pero aquel día por primera vez sentí pena. Dentro de una jaula, había dos cobras infestadas de garrapatas que se agarraban por prácticamente toda la superficie de su cuerpo. Estaban en unas condiciones pésimas y no pude evitar mirar a una de ellas a los ojos transmitiendo un lo siento. Sentí su dolor, su derrota y su humillación...Ya nunca más pude sentir por ellas asco, trasladándose más bien este sentimiento hacia los humanos que permitíamos aquello.



Tras varios días en el paraíso de Page, nuestro tiempo en Zanzibar estaba tocando a su fin y no podíamos si no llorar cada vez que pensábamos en ello, pues aquel lugar sin tiempo lo habíamos sentido como el hogar. Tuvimos que volver a Stone Town, pues el último día debíamos coger un ferry que nos devolviese a Dar es Salam, ya que desde allí salía nuestro avión a Madrid. Nuestro último día en la isla lo dedicamos a hacer el famoso blue safari, que consistía en un día entero de navegación en el que se visitaban diferentes arrecifes, bancos de arena, manglares y playas. El día fue espectacular.


Por la tarde, de vuelta a la playa nos lanzamos a nadar y a flotar entre las barcas conscientes de que aquel sería el último baño en aguas tanzanas. Las dos semanas que llevaba en aquel lugar me habían hecho desprenderme de capas invisibles que no sabía cuanto me oprimían hasta que se desprendieron de mi. Sentía una felicidad inmensa por el simple hecho de existir. Nadaba en puro agradecimiento por haber tenido la oportunidad de haber realizado aquel viaje, que me hacía reafirmarme aún más en lo que quería hacer con mi vida, que no era más que viajar. Aquella tarde, con los últimos rayos de sol cayendo en el horizonte lloré de felicidad, porque nunca antes, en lo que llevaba de vida había sentido esa tremenda libertad.


El universo debió de escuchar nuestras señales, porque al día siguiente, nos plantó sin posibilidad de poder salir de la isla. Amanecimos temprano pero con calma, sin haber hecho la mochila y con la intención de ir a hacer compras de última hora antes de pasarnos por el puerto a comprar dos pasajes para volver al continente. Nuestro vuelo salía a las 5 de la tarde, por lo que nosotras, ya adaptadas a aquel ritmo de vida lento creíamos tener tiempo de sobra para hacer todo lo que nos habíamos planteado. Por pura casualidad, caminando por la ciudad de camino a hacer los recados, ya que pasábamos cerca del puerto nos paramos a preguntar. Cuál fue nuestro estupor al enterarnos de que no quedaban billetes de barco para ese día. Nos miramos con pánico y fuimos corriendo al hotel para intentar comprar un vuelo que nos llevase de vuelta a Dar. En la azotea de nuestro hotel, con un wifi que funcionaba a pedales y la pierna sin parar de tamborilear comprobamos que tampoco quedaban billetes de avión. ¿Cómo era posible? ¿Cómo se suponía que íbamos a salir ahora de la isla?. Barajamos varias opciones, como ir al puerto y pedir a un pescador que nos llevase, lo que calculamos que podía costar casi el día entero; meternos de polizones en el ferry, ir a nado...Ya no podíamos dejar de desvariar. Pensamos que la opción más lógica era hacer las mochilas y salir pitando al aeropuerto con la esperanza de que tuviesen algún billete que no se vendía online. Así que eso fue lo que hicimos. En el taxi nos autoconvencimos de que era imposible que no quedase un solo billete de avión. Internet funcionaba mal, esa era sin duda la explicación más lógica. Al llegar al aeropuerto y preguntar nos dijeron que iban a mirar si podían hacer algo, que seguro que habían billetes. Respiramos. Pero no por mucho tiempo. A los pocos minutos nos confirmaron que efectivamente no quedaban billetes para hoy y que tendríamos que volar al día siguiente.


"Sheila, pues ya esta, es una señal, nos quedamos"

"¿Pero cómo nos vamos a quedar? ¡Que yo en dos días trabajo!¡Que me echan! Y además el dinero del vuelo...¿Cómo vamos a pagar el vuelo de vuelta?"


Las dos nos encontrábamos en estados muy diferentes. Yo estaba en pánico total pensando en todo lo que iba a perder si no conseguía coger ese vuelo y Sandra estaba feliz porque no tendría que irse de su paraíso. Si la Sheila de hoy hubiese tenido que tomar aquella decisión, sin duda me habría quedado. Habría dejado el trabajo y me habría quedado viviendo la vida tropical tras enfrentar la regañina materna. Pero era la Sheila de ayer la que tenía que tomarla. Así que lo que decidí fue ir a llorar a quien hiciese falta para que nos dejasen subir a un maldito avión. Un hombre escuchó paciente todas mis súplicas, pero me repetía que no había nada que hacer. Yo suplicaba aún más fuerte y me faltó arrodillarme. De alguna manera aquel hombre se apiadó de mi y fue a luchar por una solución. A los veinte minutos, cuando yo ya creía que realmente nos quedábamos en tierra apareció con dos billetes de avión. Los billetes eran más bien tarjetas de cartón escritas a boli, y aquel salvador había conseguido cambiárselos a una pareja a la que no le importaba volar al día siguiente.


Una vez sentadas en la salita de espera, y digo salita porque no tenía más de 20 metros cuadrados, comenzamos a llorar a mares. La tensión acumulada, la pena por marchar, la oportunidad perdida de permanecer... Todo salió en aquel momento y nos ahogó en lagrimas hasta que escuchamos el número de nuestro vuelo saliendo potente de la garganta de una azafata. Al comenzar a caminar por la pista de despegue nos dimos cuenta de que no había aviones, eran todo avionetas de 6 u 8 plazas. Ahora entendíamos por qué no quedaban billetes. No me hacia ninguna gracia tener que volar en avioneta, pues me veía claramente cayendo al mar. Pero no había otra opción. Así que nos dirigimos a una de ellas y nos sentamos tras el piloto. Aquel aparato de ruido infernal comenzó a despegar con una luz roja sin parar de parpadear que rezaba en letras grandes "DANGER". Pese al agitado vuelo, conseguí relajarme y mirar la belleza que inundaba mi alrededor. Si moría en aquel momento lo haría plenamente feliz. Aterrizamos, y no morí, pero si que me convencí de que debía hacer algo para que mi vida fuese tan feliz que no importase el momento en el que tuviese que hacerlo.

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