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Asomarte a india por primera vez

Nadie puede prepararte para asomarte a las calles de la India por primera vez.


A India llegamos de noche, con un trayecto de ida que había sido un viaje en sí mismo. Tras perder un avión, muchas colas, con aviso de bomba incluido, pernocta en Frankfurt, y un vuelo larguísimo hasta Chennai en el que viví mi primer ataque de pánico (algún día contaré esta absurda historia), llegamos a India. Nos recibió la oscuridad de la noche, una bofetada de calor sofocante y centenares de cláxones sonando sin parar. En el trayecto al hostal, pobremente iluminado, la India no parecía todo lo dura que había escuchado. Entre las sombras se podía entrever la silueta de alguna persona durmiendo al raso, se percibía que había basura tirada por la calle y alguna vaca se cruzó en nuestro camino. Llegué preparada para lo peor, después de que mucha gente vaticinase que con lo sensible que yo era, en la India no aguantaba ni dos días. Con aquella confianza ajena lastrada sobre mi, el primer contacto no me pareció nada mal. El hostal era cutre, estaba lleno de mosquitos, en el váter había un cubo lleno de agua con otro más pequeño dentro que no tenía ni idea para qué servía, se escuchaba el ensordecedor ruido de los aviones sin parar y hacía un calor de mil demonios. Pero Ibrahim, el chico que trabajaba en el hostal era un amor de persona, y la charla de antes de dormir en la azotea, mientras observaba cómo movía la cabeza de un lado a otro en un gesto que me desconcertaba, me hizo darme cuenta de donde estaba. Había llegado a India joder, y ese simple hecho era suficiente para sentirme plenamente feliz.


Al día siguiente desperté tras no haber dormido demasiado. El jet lag y todos los demás factores no ayudaron. Aún así tenía unas ganas inmensas de ver qué había allí afuera. Me levanté emocionada y me encaramé al pequeño balcón para mirar de dónde procedían todos esos ruidos que el día había traído consigo. Tres segundos. Un pasito atrás. Voy a mirar otra vez. Dos pasitos atrás. ¿De verdad tengo que bajar ahí?. Es muy difícil intentar expresar qué sentí, pero diría que allí el miedo estaba presente. La calle a la que me asomaba era de tierra, un montón de vehículos diferentes se mezclaban con gente tan colorida y extrañamente ataviada que me maravillaba y me asustaba a la vez, así como con animales y algún que otro puesto ambulante. Sentí esa pizca de miedo pero también sentía excitación. Al fin y al cabo iba a tener que salir de allí quisiese o no.


Salimos, y compartimos coche con una pareja de alemanes que había en nuestro hostal, ya que iban hacia nuestra misma dirección. Ellos llevaban tres años viajando por el mundo. Me generaban curiosidad, admiración y seguridad a partes iguales. La seguridad era la sensación que más necesitaba en ese momento. Vivir el estilo de conducción en la India me hacía imaginarme al borde de la muerte en cada nueva curva. Pero mirar las caras de relajación de nuestros nuevos amigos arrojaba alguna esperanza sobre lo que yo percibía como una muerte segura. Ella me veía sudar en la parte de atrás con mi pelo suelto y mi flequillo húmedo pegado sobre la frente y me preguntó que por qué no me lo recogía. “No bueno, así estoy bien. Gracias”. Había dado mucho por culo en España para conseguir un secador pequeño que poder llevarme y que mantuviese mi por aquel entonces preciado flequillo en su sitio. No iba a renunciar a él tan fácilmente.


Unas horas después, cuando parábamos en Mahabalipuram para dejar a nuestros compañeros, mi cuerpo y mi mente habían demostrado la gran capacidad de adaptación que tiene el ser humano. Tranquila, ya confiaba en que los conductores entendiesen el temerario código de circulación que utilizaban, me mezclé con el gentío y las vacas sin reparo, me tomé un chai de un puestecito sucio que me abrasó las manos, la lengua y el alma. Pero eso sí, las gotas de sudor que me producía ese té, mezclado con el ambiente, ya resbalaban libremente por mi frente. Había sucumbido a la evidencia y mi pelo lucía bien sujeto dejando cara y cuello al descubierto. ¿En qué momento había osado yo pensar que mi flequillo iba a poder desafiar la humedad de la India?

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